En el fondo la vida es un poco eso, ¿no? Un laberinto de setos que si se quiere cruzar haciendo trampa se puede. Quiero decir, si uno se mete en uno de esos laberintos de setos y se desespera al no encontrar rápido la salida, puede optar por atravesar los setos rompiendo sus ramas.

Otra cosa sería un laberinto de piedra, que también los hay. Pero en un laberinto de setos, verde, se puede atravesar sin intentar caminar la búsqueda. Bastaría con romper la magia. En vez de “des-orientarse” más, para así paradójicamente, hallar la salida. Claro está que uno no sabe que eso va a ser así. Cuando uno se pierde nunca tiene la certeza de volverse a encontrar. O, al menos, hallar un sentido, una dirección a esa pérdida. Aunque no sea para encontrar la salida, sino para aplacar por un momento el sentimiento de pérdida al avanzar en algún sentido. Reflexión-acción.

Me imaginaba que las paredes de piedra crecen en los laberintos adultos, como la mezcla de maleza con antiguas edificaciones humanas que se pueden ver en las ruinas de civilizaciones perdidas. La acumulación de los laberintos de setos ya petrificados, unos resueltos y otros no. Y también imaginaba que los laberintos de setos crecen en los mundos infantiles. Con ramas tiernas que se pueden dejar crecer, podar y hasta talar.

¿Es más fácil observar las señales viales para llegar a un destino predefinido en ese laberinto? ¿Es más cómodo? ¿Más humano? ¿O decidir atravesar las ramas tiernas de los setos para no tener que buscar la salida por los caminos del laberinto? ¿O es más fácil disfrutar de los caminos del juego, sin miedo a si se encontrará la salida o no, sino tan sólo para conocer el enigma de no “estar” o no “ser” en ningún sitio?

¿Si un niño recibe por respuesta a su mirada intrigada un “está mal”, “debe ser así…”, un “las reglas son éstas…”?, ¿no se vería obligado a romper el seto por la mitad de una de sus traviesas calles para pasar a la meta (pro)puesta? En cambio, creo que al sentir libertad para ahondarse en esa pérdida se encuentra un final, de los muchos posibles o incluso, ninguno, pero un final honesto.

Y así pasa, supongo, en los demás laberintos de un mundo que es, en sí mismo, uno dentro de muchos.

Dobles
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